sábado, 13 de agosto de 2011

Hay toreros, y José Tomás; por El Bibio ha pasado un grande



JULIO PUENTE Hay actores, y Richard Burton; hay cantantes, y Frank Sinatra; hay futbolistas, y Di Stéfano, y hay toreros, y José Tomás. No hace mucho una persona se acercó al maestro después de una corrida y le dijo: «Estos llorosos ojos han visto hoy, gracias a usted, lo más grande que han visto en la vida». Seguro que ayer nadie se acercó al maestro a decirle eso porque los toros de Salvador Domecq, los elegidos por el veedor de Tomás a la séptima corrida vista en el campo, no sirvieron. A su segundo, de buena planta, lo devolvieron al corral por inválido. El primero no sirvió tampoco y al sobrero lo mimó hasta cortarle una oreja.

Los ojos de las nueve mil personas que abarrotaron El Bibio no vieron lo más grande de sus vidas, pero vieron que cuando el moribundo de Aguascalientes pisa el ruedo pasan cosas que no pasan con los demás. Aunque se lleven dos orejas, caso de Alejandro Talavante, cuya vuelta al ruedo distó de contar con la apoteosis de la vivida antes por el primero del escalafón. Algún día los presidentes de las plazas y sus asesores podrían explicar las razones por las que dan dos orejas al extremeño y una al madrileño. Se ve que se ha puesto de moda negar orejas a José Tomás, aunque luego los presidentes se ganen insultos gruesos como el que dedicó un solvente crítico al presidente de Valencia, donde empezó la nueva historia.

Cuando cita de frente o cuando se echa la muleta a la izquierda, el público, llegado de mil confines, sabe que allí está pasando algo distinto, que el torero que vistió en Gijón de verde nosequé, quizá en homenaje a la Asturias más taurina, y que se fue entre la mayor ovación de la gran tarde, tiene algo que sólo guardan los elegidos. Y José Tomás es un elegido por los dioses de los ruedos.

La apoteosis taurina gijonesa pudo vivirse en los primeros setenta en la ya mítica corrida de Diego Puerta, Paco Camino y El Viti; o en la faena de Joselito en el verano del 2003. No se vivió ayer porque los toros no dieron lo que tenían que haber dado, sobre todo los dos del maestro. A lo mejor sirvieron el de Talavante y el del mexicano Silveti, que perdió un triunfo en su alternativa por el mal uso de los aceros, que no de los ponchos y los capotes de paseo. El espectáculo se llama corrida de toros y sin toros, poco espectáculo puede haber.

A estas alturas de su vida taurina a José Tomás le importará muy poco una oreja de más o de menos. Pasó por Gijón y ha dejado claro que ha vuelto con todo; con el valor, la calidad, la entrega y todo lo que le ha hecho grande. Los ojos de las nueve almas de El Bibio no vieron lo más grande de sus vida, pero vieron a un torero, grande, grande, muy grande. Fuente: lne.es.

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