Mostrando entradas con la etiqueta cronica antonio lorca. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cronica antonio lorca. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de mayo de 2009

"Sevilla pierde los papeles"


Comentario de José Mª Martínez para TOROS CON RETRANCA:

Vamos a reproducir la crónica que D. Antonio Lorca dedica, en las páginas de El País, a la corrida de toros (si es que pueden llamarse así) sufrida ayer, jueves 30 de abril, en La Maestraza de Sevilla.

En las notas que tomé sobre la corrida apunte en grande LA MAESTRANZA PLAZA DE PUEBLO, esa y no otra fue la impresión que me dió, sobre todo viendo lo que está ocurriendo tarde tras tarde, el coso sevillano ayer.

Que verguenza, que birria de animaluchos (cabras, sardinas, burras etc... toros de lidia no, eso es seguro de toros de lidia nada de nada). Que pena que no terminara aquello en un altercado público en el que los aficionados, qe serían pocos visto lo visto, corrieran a gorrazos hasta Triana a los empresarios, ganaderos, toreros y demás, porque todos ellos, si, todos tienen algo de responsabilidad en esto que está ocurriendo en Sevilla. Habrá que aplaudir al aficionado que grito desde el tendido: ¿Dónde compráis los toros, en los chinos?

'¿HASTA CUANDO ESTA GENTE ABUSARÁ DE NUESRA PACIENCIA?'

LA CRÓNICA DE D. ANTONIO LORCA:

"Sevilla pierde los papeles"

Si ayer quedaba algún aficionado en la Maestranza aún estará lamentando una imagen verdaderamente lastimosa. Sevilla perdió definitivamente los papeles al concederle una oreja a José María Manzanares por un esbozo de faena de patio de colegio a un noble inválido con el que se entretuvo, sin despeinarse, como un enfermero aventajado. Nadie le va a negar la elegancia y el porte a este torero, pero hace falta algo más que buen gusto para que unas caricias convulsionen a una plaza donde se han protagonizado gestas imborrables. Dulzura, almíbar y postura; ésas fueron las tres patas del entrenamiento a puertas abiertas de un Manzanares que, quizá sorprendido, recibió un trofeo que quemaría en las manos a cualquier figura del toreo.
Pero si no hay respeto por el toro -y no lo hay- difícilmente puede haberlo para el torero. Por eso, Sevilla tocó ayer fondo y bajó el nivel de la exigencia hasta simas insospechadas. Qué difícil es no bajar cuando todo baja, y la fiesta, en esta Maestranza, está por los suelos. Sólo así se justifica esa oreja de verbena que recibió el torero alicantino. Ese mismo torero que desprendió seguridad y firmeza ante el rajado quinto, al que sometió y acobardó tras robarle varios derechazos hondos. Para entonces, muchos pensaban ya en la Puerta del Príncipe.
Pero ésta, por desgracia, no fue más que la anécdota triste de la tarde. La noticia, no por repetida menos preocupante, es que se confirma que estamos ante los peores ganaderos de la historia o ante el momento histórico de mayor desamparo del toro de lidia. Lo grave no es que se devolvieran dos toros; lo sangrante es que, una tarde más, todos parecían enfermos, invadidos por un mal que les impide mantenerse en pie a partir del tercer capotazo.
El Fandi sólo pudo matar un toro -su primero se murió solo- y medio se justificó con las banderillas. Talavante estuvo toda la tarde con cara de sonámbulo, y, tal como llegó, se fue.

jueves, 30 de abril de 2009

"Una lágrima por la Maestranza"


D. Antonio Lorca dió una lección de cronista al hacer la de la corrida de toros en la que Morante, según Molés y otros, estuvo ¡cumbre!. Particularmente nunca he creido en los toroeros que se envalentonan ante cabras y demás, la prueba: ante los victorinos ¿qué hizo Morante? nada, nada en absoluto, porque este torero es para toritos de cartón piedra o mansos mansísimos que no molesten nada de nada. Lean ustedes la crónica que para El País hizo D. Antonio Lorca:

"Una lágrima por la Maestranza"

Permitan que una lágrima simbólica se deslice hoy por esta página como expresión lastimosa de un dolor profundo ante la enfermedad irreversible que padece la otrora grande plaza de la Real Maestranza de Sevilla. La que fuera madre y maestra de la tauromaquia es hoy la imagen de la tristeza y de la decadencia de la fiesta de toros. Qué pena más grande...
Hace tiempo que la abandonaron los aficionados, aquellos que a lo largo de muchos años le dieron lustre y esplendor a su mágica historia. Y cada temporada la ocupa gente diversa, un público triunfalista y frívolo, turistas y espectadores de ocasión que confunden el toreo con un ballet cursi ante un animalucho enfermizo. Un público sin conocimiento, veleidoso y caprichoso, impropio de la categoría que siempre ostentó este templo. Así, imperan el conformismo y la desidia, síntomas de una muerte anunciada. Los taurinos hacen lo que quieren porque el público no hace lo que debe. Y con su inhibición permite la estafa y la manipulación. Porque esta fiesta sin un mínimo de exigencia no tiene sentido.
Quizá por ello, el toreo auténtico está moribundo. Ya no hay toros, sino borreguitos, gatitos, ratitas y cerdos con andares cansinos. No hay toreros, sino señoritos que le han cogido el aire a estos clientes de aluvión. No hay empresas que velen por la calidad de su producto, satisfechas con el beneficio rápido. Ni hay autoridad que vele por la pureza de la fiesta, a la que soporta con estoicismo y acomplejada vergüenza.
La corrida de ayer fue la expresión de que ha muerto la grandeza de la plaza sevillana. Se ha perdido la sapiencia y se ha impuesto la frivolidad. Se ha perdido la majestad y manda la ordinariez.
Porque una ordinariez fue la corrida de Juan Pedro Domecq, inválida, descastada, tullida, amuermada... ¿Volvería otra vez este ganadero a Sevilla si hubiera una afición sabia? ¿Volvería una figura consagrada como Enrique Ponce con estos gatos que desmerecen su carrera? ¿Dónde está la dignidad de una figura del toreo?
Qué sonrojo comprobar cómo aplaudían los trapazos de Ponce a su noqueado primero. ¿Qué aplaudían? Loca parecía haberse vuelto la plaza con una faenita irregular de un voluntarioso Morante que había toreado bien a la verónica a un torete de carril. Y Nazaré nada pudo hacer ante un lote infumable.
Lo más grave, quizá, es que la gente salió contenta. A fin de cuentas, estamos en feria. Pero la Maestranza quedó sumida en una profunda tristeza. ¿Alguien tiene un pañuelo, por favor?